Con la menor palabra, con el menos gesto osado, con la primera mirada insolente, ya estamos ciegas por ese cuerpo llamado hombre.
He visto a muchas, a las que adoraba de lejos, a las que atribuía un corazón capaz de cualquier prueba, un alma fácil de destrozar o una energía que no se asustaba ni ante los sacrificios ni ante las torturas, perteneciendo a idiotas a los que yo no hubiese aceptado ni como porteros.



